Artí­culos

Entrevista a Alberto Bovino


Por Diego GOLDMAN


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Será que defender la causa de los fumadores frente a la Ley Antitabaco era algo extraño y hasta provocador para un no fumador como yo, que tal postura me llevó hace un tiempo a conocer a un personaje tan extraño y polifacético como el Prof. Alberto Bovino, que se encontraba por ese entonces (y hoy también) sosteniendo la misma causa pero por interés propio.

La cuestión es que me encontré con un hombre que elude los convencionalismos, al menos aquellos a los que estamos acostumbrados en el mundo del derecho, y que tiene la gran virtud de preservar siempre la capacidad de sorprender. Abogado que, al revés de muchos, empezó como empresario hasta descubrir su vocación por el derecho ya bastante grande, rara vez puede verse de traje y corbata, y tiene tiempo suficiente para dar clases de grado y posgrado en la UBA, trabajar en su estudio jurídico, dirigir una editorial, escribir en un blog (http://nohuboderecho.blogspot.com) y buscar permanentemente la inserción de las nuevas tecnologías en la práctica jurídica, especialmente cuando esas tecnologías provienen de cierta marca con logotipo de manzanita de la cual es particularmente fanático.

Además en algún momento de su vida se hizo lugar para cursar estudios de posgrado en la universidad de Columbia y trabajar en temas penales y de derechos humanos en diversos países del continente. En definitiva, un personaje con experiencias e inquietudes tan diversas como para tener siempre algo digno de ser escuchado para decir, diversidad que espero haber podido captar en el siguiente reportaje.

DG: ¿Cuándo te nació la vocación por ser abogado?

AB: Comencé el Ciclo Básico a los 25 años, luego de haber abandonado Ciencias Económicas con tercer año aprobado, pero recién en el segundo año de la Facultad, cuando estaba cursando “Elementos de derecho penal y procesal penal” con Lucila LARRANDART, me di cuenta de que me iba a recibir y de que me dedicaría al derecho penal.

DG: A partir de que te recibiste, ¿cómo fuiste construyendo tu carrera en el mundo del Derecho?

AB: Siempre he trabajado como abogado litigante, jamás he trabajado en el poder judicial y si hay un puesto que no podría desempeñar es el de juez. Creo que nací parte. Solo tuve una breve experiencia en el Estado como asesor de Ricardo GIL LAVEDRA al principio del gobierno de DE LA RÚA y antes de la debacle. La experiencia de trabajar con Ricardo fue muy buena porque es un excelente jurista y una persona muy agradable, a pesar de ser radical. Y me sirvió para entender mínimamente cómo funciona la administración, lo que siempre resulta útil, especialmente si llevás casos internacionales contra el Estado.
Volviendo a tu pregunta, desde que me recibí siempre he trabajado pro bono llevando casos en el ámbito interno e internacional en el CELS, con menor o mayor intensidad. El primer trabajo como abogado fue en el Estudio de mi maestro, Julio MAIER, con quien aprendí muchísimo. En ese trabajo leí mi primer expediente y me dí cuenta de lo mal que funcionaba la administración de justicia. La primera vez que entré a un tribunal y ví esas pilas de expedientes, ese amontonamiento de papeles y más papeles, quedé impresionado, y me pregunté cómo alguien puede pensar que ésa es una manera adecuada de resolver conflictos entre seres humanos. Afortunadamente, hasta el día de hoy me siguen impresionando esos montones de papeles… Luego me fui a New York a hacer estudios de postgrado, y después regresé a Buenos Aires (1994). Una vez en Buenos Aires, comencé a establecerme aquí, pero, en verdad, pasaba mucho tiempo viajando por América Latina, trabajando como consultor en capacitación de operadores jurídicos por el movimiento de reforma en el ámbito de la justicia penal. En esos años estaba poco tiempo aquí, y todo 1997 por ejemplo, estuve trabajando en Guatemala. Aunque siempre mantuve la tramitación de casos judiciales.

DG: Has trabajado como abogado litigante en otros países, entonces…

AB: De hecho, sí, más allá de que no estaba matriculado y no podía firmar escritos ni concurrir a audiencias. Pero sí trabajé intensamente o asesoré en varios casos penales o constitucionales en el Perú, El Salvador, Guatemala, Chile y los Estados Unidos.

DG: ¿Qué diferencias observas entre la práctica profesional en esos países y el nuestro? Me interesa particularmente tu visión de la labor del abogado en los Estados Unidos, más que nada por la diferencia entre los sistemas jurídicos…

AB: En primer lugar, el hecho de que exista la necesidad de especializarse en una determinada rama o área del derecho no implica, como suele suceder entre nosotros, que llevarás una etiqueta de por vida. Quien comenzó trabajando en fusión de empresas, por ejemplo, puede estar trabajando, en algunos años, en propiedad intelectual, y años más tarde, a su vez, como profesor profesional en una escuela de derecho, dando algún curso obligatorio y otro optativo sobre “Jazz y derecho penal”.
Por otro lado, las habilidades técnicas que debemos tener en uno y otro sistema son diferentes, por el papel que desempeñamos los abogados en cada uno de ellos. Lo que me parece apasionante del sistema estadounidense es el papel absolutamente protagónico que tienen las partes en el procedimiento. A ello se suma la aplicación de estándares muy altos de respeto a reglas de ética profesional, que resulta necesario en un sistema que se apoya y confía en alto grado en la actividad de las partes. En un estudio jurídico —me refiero a los estudios medianos o grandes—, además de los abogados que trabajan las cuestiones sustantivas, existe un área de abogados especializados en litigio judicial que son los que presentan los casos ante los tribunales. Ello se debe a que el abogado que se dedica al estudio del derecho tributario sustantivo, por ejemplo, carece de las competencias necesarias para presentar un caso ante el tribunal o ante un jurado en un juicio. El gran problema es que el porcentaje de casos que llegan a juicio es mínimo. Y también que esta forma de litigio es excesivamente costosa, y muchísimas personas no cuentan con recursos económicos para acceder a la justicia con este tipo de representación legal.
No existe nada parecido a un expediente, y en un caso penal cada una de las partes —fiscales y defensores— arma su propia carpeta del caso, que carece de valor formal. En esto, podríamos hacer una analogía a lo que sería nuestro procedimiento de derecho privado, si es que éste pudiera llamarse “juicio”, pero a lo que me refiero es a que las partes son quienes “construyen” el caso, no la justicia. Todo el caso depende de la actividad de las partes y el procedimiento es un verdadero combate judicial. La noción de que un caso judicial es un conflicto es manifiesta, y eso determina, en gran medida, la actitud de árbitro imparcial del tribunal, que se limita a controlar el respeto a las reglas del procedimiento. En el derecho federal, por ejemplo, el juez de distrito no solo puede interrogar a los testigos durante el juicio, sino que además, puede citar testigos o peritos de oficio. Sin embargo, los jueces jamás utilizan estas facultades porque resultan absolutamente extrañas a su cultura jurídica.
En este contexto, la calidad del trabajo del abogado es mucho más determinante del resultado del litigio, a diferencia de lo que sucede en nuestro sistema jurídico, en el cual las facultades del tribunal para intervenir en el procedimiento sin solicitud de parte, en el supuesto de un tribunal activo, puede tornar casi innecesaria la intervención del fiscal, circunstancia que pone en riesgo el ejercicio efectivo del derecho de defensa y la garantía de imparcialidad.

DG: ¿Qué es lo que encontrás atrapante de la actividad del abogado litigante?

AB: La lógica del proceso como conflicto y enfrentamiento de partes, la discusión de los hechos y la actividad probatoria, aspectos muy descuidados en la enseñanza del derecho en nuestro país y en los demás países de la región. En este sentido, rescato el aspecto lúdico del proceso, que idealizaba mientras estudiaba pero que en el ejercicio de la profesión sólo se manifiesta en pocas ocasiones. Así, por ejemplo, rescato este aspecto cuando recuerdo las discusiones que se daban en el marco de las primeras peticiones por violación a la Convención Americana que presentábamos como abogados del CELS, donde la abogada del Estado era Mónica PINTO quien, paradójicamente, había sido mi profesora en el curso “Protección internacional de los derechos humanos”. Esta experiencia me confirmó la percepción que tenía de la Dra. PINTO como excelente profesora y me hizo advertir que era mejor aún como abogada litigante.

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20 de julio 2008 | Sin comentarios | Comentar

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